jueves, 1 de febrero de 2007

Un elemento esencial de las peliculas de Hitchcock, es la actriz que tiene a su cargo el papel protagonista, hasta el punto de que muchos criticos han dedicado sendos articulos a las caracteristicas fisicas e interpretativas de las llamadas "rubias de Hitchcock".
Sí, porque, indiscutiblemente el tipo de actriz esbelta, rubia y refinada forma parte del universo cinematografico del "mago del suspense", de tal forma que él mismo escribió al respecto: "Cómo escojo a mis heroínas", en el que explica claramente las cualidades que han de tener, a su juicio, las protagonistas de sus filmes.
De dicho articulo, al igual que de las otras declaraciones realizadas por el mitico director, podemos extraer su opinion bajo las siguientes premisas:


La heroína de sus películas tiene que gustar a las mujeres antes que a los hombres, porque las mujeres forman las tres cuartas partes del publico medio del cine, y, si bien las mujeres pueden tolerar la vulgaridad en la pantalla, nunca lo hacen cuando está encarnada en su propio sexo.

La heroína de la pantalla no debe ser sólo decididamente agradable, sino que tiene que tener vida, tanto en los ojos como en la voz. El reinado de las actrices eminentemente pictóricas ha terminado.

Dado que la pantalla no dispone en absoluto de distancia para hechizar la vista -porque los acontecimientos que muestra son llevados por lo general tan cerca de los espectadores que el rostro de la heroína se encuentra de hecho sólo a unos metros de los que están en las últimas filas- ésta tiene que poseer una belleza y una juventud reales.

Una heroína de la pantalla no debe superar la talla mediana, ya que una mujer muy alta es sumamente difícil de fotografiar.

Dadas estas premisas, a nadie puede extrañar que Hitchcock haya manifestado que: "no me gustan las mujeres a las que se les lee en la cara que son como el símbolo del sexo, y que parece que lo llevan como letrero. Siempre he sostenido que una mujer delgada puede ser mucho más sexy que otra con dos sandías delante. Creo que la sensualidad de una mujer hay que descubrirla solo mirándola. Sí, me gusta el tipo de rubia fría. Frialdad aparente, porque en el momento en que se ponen en acción todas las barreras se rompen. Es el tipo de mujer inglesa. Todas parecen profesoras, pero dentro de un taxi, te pueden destrozar. Un tipo de rubia como el de Marilyn Monroe no me interesa. Llevan el sexo colgado de su cuello, como si fuera una joya."

edie sedgwick


Andy Warhol la elevó a los altares de su factoría. Fue bandera del movimiento ‘underground’, portada de ‘Life’, actriz, modelo y musa de artistas. Edie Sedgwick vivió rápido y murió joven, devorada por las drogas. Hollywood, que jamás le abrió la puerta, le dedica ahora una película, ‘Factory girl’.

Edith Minturn Sedgwick
procedía de una acaudalada familia de Stockbridge, Massachusetts. Los Sedgwick llevaban generaciones triunfando socialmente: no sólo eran ricos, sino también refinados e influyentes. Una tía abuela de Edie había sido retratada por John Singer Sargent, el pintor de la aristocracia norteamericana, y las mansiones familiares fueron durante años escenario de reuniones donde se daba cita lo más granado de la sociedad del país. Al llegar a la mayoría de edad, Edie celebró su puesta de largo y fue inscrita como debutante en el Registro Social. Guapa, elegante, educada en caros colegios, se esperaba de ella un buen matrimonio y un rotundo éxito social. El problema es que Edie Sedgwick deseaba algo bien distinto.
En 1964, recién cumplidos los veintiún años, Edie dejó el hogar paterno en Palm Springs para instalarse en Nueva York. Sus padres debieron decirse que no era un mal lugar para encontrar marido, así que le entregaron una parte de su herencia y la dejaron instalada en casa de su abuela, que vivía en un piso de catorce habitaciones en Park Avenue.
Edie no tenía la menor intención de perder el tiempo saliendo a la caza de un buen partido. Quería brillar en Manhattan, pero no como la debutante cursi típica de las galas del Waldorf Astoria: deseaba adentrarse en los territorios de la modernidad, reinar en los templos de la nueva ola. Y cada noche, tras besar a su abuelita, salía a zambullirse en la noche neoyorquina, donde se convirtió en un personaje de referencia. Era bonita, divertida, tenía clase y se movía en un Mercedes con chófer. En unas semanas los locales de moda de Manhattan –el Ondine, el Arthur o el Shepheard’s– se disputaban su presencia. Todo el mundo la consideraba la party girl del momento.
Andy Warhol conoció a Edie Sedgwick en una fiesta en el ático de Lester Persky, un productor de publicidad cuyo privilegiado apartamento en la calle 59 era lugar de encuentro de la élite social e intelectual del Nueva York de los sesenta. Edie, que era una bailarina excepcional, estaba subida en una plataforma, moviéndose al ritmo de la música. Una amiga de Andy, Isabelle Collin Dufresne, Ultra Violette, dijo al verla: “Inhala glamour y exhala glamour. La palabra glamour está acuñada para ella”. Según Víctor Bockris, biógrafo de Warhol, otro de los amigos del artista fue menos complaciente al asegurar que Edie “era como una Holly Golightly [la protagonista de Desayuno con diamantes] majareta”. Sea como fuere, Andy Warhol se sintió fascinado por aquella muchacha joven y esbelta, alta y delgadísima, de largas piernas y ojos oscuros que alguien dijo que eran “del color de una tableta de chocolate Hershey metida en el congelador”. De no haber sido homosexual, Warhol la habría pedido en matrimonio aquella misma noche. Antes de marcharse, hizo a Sedwgick lo más parecido a una declaración de amor: “Quiero hacer una película contigo”.
Edie no lo sabía, pero aquella frase eran las palabras mágicas que daban paso libre al universo de la Factory. En 1965, el espacio creado por Warhol en el número 231 de la calle 47 se había convertido en la tierra prometida de la new wave. Enteramente recubierto de plata, como un espejo gigantesco, la Factory era plató de cine, marco de orgías, telón de fondo de sesiones fotográficas y, sobre todo, lugar de referencia para todo aquel que quería ser alguien: allí podía encontrarse a Rudolph Nureyev, Tennessee Williams, Jackson Pollock, Jane Fonda, William Burroughs. Judy Garland, Roy Liechtenstein o Jim Morrison. Por supuesto, también los policías eran asiduos visitantes del local cuando, alertados por los vecinos, se convertían en artistas invitados que contemplaban, atónitos, los desmadres de Andy y sus amigos. En la Factory, uno podía escuchar música de Puccini mientras inhalaba gas de la risa, inyectarse droga, merendar pastel de marihuana o participar en un número de sadomasoquismo, todo en la misma tarde. Cualquier cosa era posible.
Edie entró por la puerta grande en el mundo de Warhol. De todas las chicas que formaban su legión de admiradoras –desplazándose las unas a las otras cuando Andy así lo decidía–, Edie fue la más mimada, y también la más querida. Truman Capote justificaba el súbito afecto del pintor por la joven Edie asegurando que Andy siempre había querido ser alguien como miss Sedgwick: “Una adorable chica bostoniana a la que sus padres pusieran de largo”. Esa era, precisamente, la primera causa de fascinación de Warhol: el background privilegiado, los orígenes selectos. Él, que venía de una familia de inmigrantes eslovacos malamente radicada en un suburbio de Pittsburgh, que había pasado su infancia alimentándose –¿casualidad?– de sopa de tomate Campbell rebajada con agua, que había vivido marcado por la estrechez y las carencias, se rendía ante la presencia de chicas de colegio privado, que viajaban por Europa, hablaban en francés y vestían de alta costura.Edie era la perfecta encarnación de las fantasías warholianas: tan delicada y distinguida, tan llena de encanto, tan dulce y sin embargo tan deseosa de vivir experiencias nuevas. Sus armarios estaban abarrotados de prendas de firma y abrigos de pieles, pero ella prefería llevar leotardos negros y camisas masculinas. A pesar de su aparente desaliño, siempre estaba espléndida. Combinaba sus camisolas de hombre con sofisticados pendientes largos y zapatos de tacón de aguja. Acentuaba su aire de desamparo marcando con khol sus grandes ojos oscuros. Su amplia sonrisa daba luminosidad a aquel rostro aniñado que marcaban las ojeras. La cintura de avispa, las caderas inexistentes, el pecho plano, podían hacer pensar en un muchacho, pero Edie Sedgwik era toda femineidad, puro erotismo.
Había algo misterioso en aquella chica. Quizá porque bajo su capa de sofisticación y buen gusto, Edie ocultaba un pasado terrible que se fue revelando poco a poco. En su familia había un largo historial de enfermedades mentales. Uno de sus ocho hermanos se había suicidado, otro había muerto trágicamente. Su padre había sido diagnosticado como maníaco depresivo. Ella misma había dado con sus huesos en varias casas de reposo antes de cumplir los veinte años, y sufría de anorexia y de bulimia. Más adelante, Edie aseguraría que su padre y dos hermanos suyos habían intentando abusar de ella, y que sus padres la internaron en una clínica por decir que había visto a su padre practicando sexo con una criada. Quizá sus padres no la habían enviado a Nueva York para encontrar marido, sino para quitársela de encima. Cuando aterrizó en la Factory, Edie apenas tenía trato con los suyos, y eso hizo que encontrase en aquella extraña tribu un sucedáneo de familia.
Aunque de una forma asexuada, Warhol se volvió loco por Edie, y ella se volvió loca por Andy. Entre los dos se forjó una particular relación, una especie de simbiosis que a algunos parecía enfermiza y que acabó resultando destructiva. Con el objetivo de parecerse a Andy, Edie se tiñó el pelo de plateado, y él empezó a usar como ella grandes camisas por encima de los leotardos. A veces resultaba difícil distinguir al uno del otro. Andy estaba encantado de haber encontrado a su álter ego: era como tener a su alcance la imagen que le esperaba al otro lado del espejo. Se propuso moldear a Edie hasta convertirla exactamente en la mujer que él hubiera sido de no haber nacido hombre.
La colaboración artística de Edie y Warhol se inició con una pequeña aparición de la joven en la película Vinyl, a la que siguió el papel protagonista de Pobre chica rica. Luego vendrían otras cintas: Belleza # 2, Kitchen, Bitch… Los filmes de Warhol no tenían guión: se limitaba a enfocar a su estrella con una cámara, y la invitaba a hablar, a moverse, a expresarse. No se trataba de contar una historia, sino de crear una nueva forma de arte. Y Edie, con su fotogenia, su elegancia y su voz chillona, era perfecta para los planes de Andy, que se limitaba a gritar: “Eres ideal, eres maravillosa, tú sólo habla”. Aquellos filmes, que no se proyectaban precisamente en circuitos comerciales, catapultaron a Edie, que se convirtió en la reina de la vanguardia neoyorquina. Junto a ella, para compartir el trono, estaba Andy Warhol.
En la Factory, Edie encontró algo más que un escenario para dar rienda suelta a sus aspiraciones artísticas. El espacio concebido por Warhol fue para ella un campo de pruebas donde experimentar con estupefacientes. Aunque tiempo después Edie culparía a Andy de su adicción a media docena de sustancias, lo cierto es que cuando conoció al artista ya se había aficionado a las drogas. La Factory sólo contribuyó a mantener su adicción, pues por allí circulaban todo tipo de preparados. La droga más popular era el meth cristalizado, que podía consumirse disolviéndolo, esnifándolo o por medio de una inyección, pero también había ácido, speed, hachís, anfetaminas… Edie le daba a todo. Con la Factory o sin ella, era una adicta que dependía por completo de las pastillas. Mientras, seguía viviendo su sueño de popularidad junto a Andy Warhol.
Las revistas femeninas también se rindieron a la princesa de la Factory. Edie Sedgwick se ajustaba a los cánones de la moda de los sesenta: era quebradiza y frágil, de huesos finos y rasgos aniñados, como Jane Shrimpton o Twiggy, que copaban las portadas de la época. Llegaron los reportajes para Life o Vogue. El resultado de las sesiones de fotos está ahí: Edie se comía la cámara, sabía posar, tenía un rostro lleno de matices y un cuerpo elástico perfecto para lucir la ropa. Cualquiera hubiese pronosticado para ella una carrera fulgurante en el mundo de la moda. Pero Edie era imprevisible, de humor cambiante y genio alborotado. Y, por si fuera poco, estaba siempre rodeada de una extraña cohorte donde no faltaba algún camello de tres al cuarto reclamando el pago de la última dosis. Y eso era algo que ponía los pelos de punta a todos los que estaban en la órbita distinguida de Diana Vreeland o Carmel Snow, las grandes damas de las revistas de moda. Así que, después de un par de reportajes, Edie fue generosamente remunerada y pasó a engrosar la lista negra de cover girls conflictivas con las que era preferible no contar.
Edie llevaba sólo unos meses en Nueva York cuando se dio cuenta de que había malgastado casi toda su herencia: el alquiler de coches de lujo, las generosas invitaciones a personas que ni siquiera conocía, la ropa, las drogas, se habían comido sus ahorros. Fue en esa época cuando entró en contacto con Bob Dylan y sus colaboradores, Bobby Neuwirth y Albert Grossman. Entre ellos y la gente de Warhol se libraba desde hacía meses una guerra sorda. Bob contra Andy. La pandilla de la Factory contra la del Chelsea Hotel. Hacer amistad con Edie fue para Dylan un modo de incordiar a Warhol. Por su parte, Edie encontró muy divertido al músico y a sus amigos, y además empezaba a aburrirse de ser el florero de un homosexual. Dylan y los suyos eran hetero, y Edie encontró en el sexo otro motivo para desequilibrar la balanza. El músico y los suyos la recibieron en su grupo con los brazos abiertos, y de paso aprovecharon la ocasión para arremeter contra Warhol: “¿De verdad no te paga por aparecer en sus películas? ¿En serio actúas gratis para Andy? Ese tipo te está tomando el pelo, Edie. Mereces algo más. Podrías ser una auténtica estrella de cine, incluso grabar un disco. Ganarías millones, Edie”.
Envenenada por los comentarios, harta de los números rojos en su cuenta corriente, Edie habló con Warhol y le dijo que quería cobrar por su trabajo. Andy trató de justificarse: sus películas eran piezas de arte, no superproducciones de Hollywood. Estaban bien como vehículo promocional, explicó, pero no daban dinero. De hecho, le resultaban bastante caras… Andy pensó que todo quedaba así aclarado, pero Edie se enrocó en su postura: quería cobrar, quería recibir algo por todo lo que hacía en sus estúpidos filmes, y si Andy no estaba dispuesto a tratarla como una actriz profesional, otros lo harían. La relación empezó a enfriarse.A pesar de todo, de cara a la galería el tándem Andy-Edie seguía funcionando. Eran el mejor ejemplo de pareja pop, y sus apariciones públicas arrastraban a cientos de fans que les ovacionaban cuando bajaban juntos de una limusina, y se dejaban fotografiar con sus atuendos imposibles, sus peinados idénticos y el aire de desinterés del que ya está de vuelta de todo. Una de aquellas entradas estelares estuvo a punto de acabar en tragedia. Ocurrió en Filadelfia, en el otoño de 1965, cuando el Instituto de Arte Contemporáneo programó una retrospectiva de Warhol y un local de quinientas localidades fue abarrotado por más de dos mil personas. Cuando Edie y Warhol hicieron su aparición, una multitud se abalanzó hacia ellos en un ataque de fascinación colectiva. Fue necesaria la intervención del servicio de seguridad, que sacó de la sala al artista y a su musa, encantados ambos con la conmoción provocada, conscientes de que habían llegado a la cima de la popularidad.
Para entonces, los problemas de Edie con las drogas se agudizaron. Solía empezar la jornada con un puñado de pastillas, y empalmaba una dosis con otra hasta la hora de dormir. Empezó a entrar en barrena. Andaba como una autómata, podía pasar días sin lavarse, tenía crisis de histeria cada dos por tres. Fue en esa época cuando Andy empezó a decir que Edie acabaría suicidándose, “y espero que cuando lo haga me avise para que pueda filmarlo”. Sus peleas eran frecuentes: ella seguía insistiendo en que Andy debía remunerar su trabajo, y él cada vez se tomaba menos molestias para aplacar su indignación. Edie había pasado de ser la amiga del alma a convertirse en una drogadicta insoportable que había perdido el control sobre sí misma.
En su siguiente producción, ‘My hustler’, Andy decidió no contar con su musa y filmó la película a espaldas de Edie, quien se sintió abandonada. Poco tiempo después firmaría un contrato con Albert Grossman, manager de Bob Dylan, y manifestaría su intención de no regresar a la Factory. Las veladas en la guarida de Warhol fueron sustituidas por días y noches de fiesta en el Chelsea Hotel. Dylan se inspiró en ella para componer dos canciones de su disco Blonde on blonde, y todos le dijeron que su carrera artística despegaría definitivamente. En la primavera de 1966, quince meses después de su primer encuentro, perdió todo contacto con Andy Warhol y se centró en su nuevo grupo. En su nueva familia, que iba a guiarla en el camino al éxito.Es difícil saber cuándo se dio cuenta Edie Sedgwick de que se había dejado seducir por algo que era sólo el canto de sirenas de quienes querían atraerla hacia su bando. Hollywood no la estaba esperando. El cine comercial no la estaba esperando. Las discográficas, las productoras, tampoco. Y un día, la chica de la Factory, la musa warholiana, la joven que aparecía en los temas de Bob Dylan, se contempló a sí misma y se horrorizó con lo que veía. Ya no era la encantadora debutante que había llegado a Nueva York a vivir su dolce vita y gastar a manos llenas el dinero de su familia, sino un despojo de sí misma, consumida por las drogas y el alcohol. Un cadáver andante que necesitaba de estimulantes para espabilarse y de somníferos para dormir. Una desdichada veinteañera que había arruinado su vida, que no tenía futuro y tampoco presente.
Edie huyó de Dylan, de Warhol, de Nueva York. Pasó una temporada junto a su familia, en un desesperado intento por recuperarse a sí misma, pero tampoco allí había sitio para ella. Regresó a Nueva York y protagonizó una película ajena a la Factory donde su trabajo pasó sin pena ni gloria. Su dependencia de las drogas era absoluta. Inició varias curas de desintoxicación, estuvo a punto de morir de sobredosis varias veces. La ingresaron en media docena de hospitales, convertida en un esqueleto viviente. Confesó ante los médicos que pasaba días enteros sin comer, sosteniéndose a base de café y pastillas. Isabelle Colin Dufresne, que llegó a ser amiga personal de Edie, cuenta en sus memorias que la joven fue condenada por tráfico de estupefacientes y pasó una temporada en la cárcel. La prisión, los centros psiquiátricos y las clínicas de rehabilitación fueron el escenario de los últimos años de la vida de Edie Sedgwick. Precisamente en una de estas instituciones conocería a Michael Brett Post, con quien se casó unos meses antes de su muerte.
Los que la vieron en los últimos días de su vida aseguran que Edie se había convertido en una monstruosa caricatura de la mujer que había sido una vez. Las drogas le habían deformado el rostro, todo su cuerpo parecía hinchado, y su mente estaba destrozada por la confusión y los desvaríos. Cuando recordaba la Factory, lo hacía para responsabilizar a Warhol y a los suyos del infierno en que se había convertido su vida.
Edie tuvo un final muy a lo Marilyn: la encontraron en su casa, muerta por los efectos de alguna droga. Nunca se aclaró si se le había ido la mano en el último viaje, o si había decidido que ya no valía la pena continuar. Tenía 28 años. Andy Warhol se enteró de su muerte por la llamada de una amiga. La noticia no le afectó demasiado. Sólo preguntó quién iba a heredar “todo el dinero de Edie”. Su interlocutora le respondió que Edie Sedgwick estaba completamente arruinada. “Vaya… En fin, cuéntame qué has estado haciendo hoy”. Para Warhol, Edie había dejado de existir en el mismo instante en que salió de la Factory, con sus leotardos negros y su camisa masculina, para hacerse un sitio en las canciones de Bob Dylan y en las habitaciones baratas del Chelsea Hotel.

ALFRED HITCHCOCK y la rubia glacial, “TIPPI” HEDREN, ex–modelo, firmaba un contrato servil, de 7 años, por el cual su nombre quedó aprisionado entre comillas y con el marcó de un sello indeleble la tensa, obsesiva relación cuyos resultados fueron “LOS PAJAROS” (The birds - 1963), y “MARNIE, LA LADRONA” (Marnie - 1964), dos de los thrillers más perversos del director. Durante el rodaje de “LOS PAJAROS”, “TIPPI” accedió a las exigencias del Maestro del Suspense: debería permanecer maniatada, mientras pájaros vivos, arrojados sobre su cuerpo, le picoteaban los miembros. Poco faltó para que un zapapico la dejara ciega; la dama sufrió un colapso nervioso.
Pese a la casta devoción de HITCHCOCK por su esposa ALMA (la mujer que, según solía bromear, lo había salvado de “volverse loco”) desarrolló una violenta obsesión romántica y sexual por HEDREN. Ella era la única adecuada (pero en un momento inoportuno) para la agriada vida sexual del director y pagó muy cara la pasión que había despertado. Estaba previsto que, para la escena cumbre del ataque aéreo de los pájaros se utilizaran pájaros mecánicos. Como no le parecieron convincentes, el director decidió emplear aves reales. Durante una semana entera “TIPPY” fue despellejada por gaviotas y cuervos enloquecidos. La ataron al suelo con tiras elásticas invisibles; luego, mediante hilos de nylon, amarraron su vestido a las aves excitadas, a las cuales se incitó a picarle el cuerpo. Uno de los pájaros hizo lo posible para arrancarle el ojo izquierdo; el incidente dejó una huella profunda en el párpado inferior. La actriz cayó en un ataque de histeria. Finalmente acabó por derrumbarse del todo y hubo que interrumpir la filmación toda una semana... La misoginia de HITCHCOCK, ese placer suyo de maltratar a mujeres guapas en la pantalla, había alcanzado su momento cumbre pocos años antes, en 1959, al negarse AUDREY HEPBURN a trabajar en “NO HAY FIANZA PARA EL JUEZ”, una película que el director había pensado especialmente para ella. Debía incluir una escena de violación tan grafica como repugnante. Demasiado gráfica para AUDREY, quien hacia muy poco había sido aclamada por su papel de religiosa en “HISTORIA DE UNA MONJA” (The Nun's Story - Fred Zinnemann - 1959). De modo que pidió excusas y alegó embarazo; el mismo argumento que dos años antes ofreciera VERA MILES para retirarse de “VERTIGO” (1958). HITCHCOCK dejó de lado el proyecto de “NO HAY FIANZA PARA EL JUEZ” (con la pérdida de 200 de los grandes) y en su lugar hizo “PSICOSIS” (Psycho - 1960), con su asesinato en la ducha que en realidad representa una violación.
Sus últimas películas parecen echar a las mujeres la culpa de las incontrolables pasiones que se agitan en los hombres.
Con el siguiente film HITCHCOCK se volvería aun más posesivo y dominante. Durante el rodaje de “LOS PAJAROS” había acosado a HEDREN con martinis durante los ensayos. Durante la filmación de “MARNIE”, además de la scopofilia, se los administraba él mismo. Esta extraña relación entre bella y bestia se prolongo cierto tiempo. Durante ésta, HITCH envió un peculiar regalo a MELANIE, la hija de 5 años de HEDREN: una muñeca que representaba a su madre, vestida y peinada como el personaje que había encarnado en “LOS PAJAROS” y metida en un pequeño ataúd de madera de pino. Tiempo después aprovechó una sesión de maquillaje (con pruebas de “heridas” incluidas) para encargar una máscara del rostro de “TIPPY” que guardaría después celosamente en una caja de terciopelo rojo. Un día le enviaba efusivas y apasionadas cartas; al siguiente, recibía fríos informes profesionales. Aunque Ella le puso al corriente de que pensaba volver a casarse (se casaría con su agente al acabar el rodaje), Él no se dio por aludido. Insistía en que Ella era todo lo que Él había soñado siempre. Ojalá una noche ALMA se fuese a dormir y no volviera a despertarse nunca... El guión de “MARNIE” puede leerse como el desarrollo simbólico de la vana persecución de la estrella por el director: en ella una fría cleptómana se resiste a los avances de su marido (SEAN CONNERY) durante la luna de miel y luego intenta suicidarse cuando él la violenta. Durante el rodaje, HITCHCOCK persiguió su viejo sueño de libertino: debió de sentir que las sombras del sillón de ruedas y el marcapasos se alzaban para Él en el horizonte. La película se transformó en el cri de coeur de un ciudadano otoñal. Un día, cuando el rodaje iba por la mitad, fue al camerino de “TIPPY” y le hizo proposiciones. La esencia de la escena fue digna de un melodrama victoriano: el muy ruin amenazó con arruinarla si no cedía. Ella no cedió. A partir de ese momento Él se negó a dirigirle la palabra directamente en el plató. Les ordenó a sus ayudantes que le dijeran: “a esa chica que...”. A partir de “MARNIE”, la decadencia física y moral se precipitaría. Seriamente deprimido, HITCHCOCK insertó en “FRENESI” () la escena de violación mas brutal y aterradora que jamás había puesto en una película. En los films de HITCHCOCK abundan las referencias a la sumisión. No obstante, fue con el público con quien perpetró el más notable ejercicio sadomasoquista. Era capaz de mantenerlo hechizado en la oscuridad, sólo gracias a la astucia, al genio y a la habilidad. Pegados a sus asientos, el Maestro del Miedo atormentó a sus espectadores hasta saciarlos. Y, contrariamente a “TIPPY”, ellos vuelven una y otra vez por más.


THE BIRDS..... 1963.... TIPPI HEDREN
las rubias de ALFRED HITCHCOCK ....en esta ocasiòn quizas la màs bella TIPPI HEDREN .....en un film como los que alfred realiza ...el suspenso prima
_sabes porquè escojo actrices rubias y sofisticadas ? "busco mujeres de mundo,autènticas damas que saben transformarse en pròstitutas en el dormitorio" se deduce de esto .... que al cineasta inglès le encantan las mujeres rubias y estilosas,y en sus historias se regocija pervirtiendo la imagen frìo_glamourosa de las rubias inalcanzables en situaciones llenas de sutìl sensualidad ,sea con besos con juegos artificiales ,abrazos,miradas,andares o exibiciones con ropa interior o en la ducha" . a esto lo llamamos ..." TEORIA DEL EROTISMO HELADO "

lolita


“Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo.Li.Ta. Era Lo, sencillamente Lo, por la mañana, un metro cuarenta y ocho de estatura con pies descalzos. Era Lola con pantalones. Era Dolly en la escuela. Era Dolores cuando firmaba. Pero en mis brazos era siempre Lolita..............

Lolita es una película dirigida por Stanley Kubrick en 1962, protagonizada por Sue Lyon y James Mason. Está basada en la novela del mismo título de Vladimir Nabokov, que también escribió el guiòn.
En un inicio, Nabokov le entrego a Stanley Kubrick (director de la película), un guión que equivalía a unas 9 horas de películas. Kubrick afirmó que a pesar de lo extenso que era, era uno de los mejores guiones que había leído.
En la novela original Lolita tiene 12 años, pero por la censura de la época en la película la pusieron como si tuviera 14 años aunque la actriz que hizo el papel, Sue Lyon, tenía 16 años cuando se rodó.
No pòdemos dejar de mencionar el remake de 1997 ….una actuación magistral de JEREMY IRONS y DOMINIQUE SWAN , algo màs audaz pero no por ello menos inocente .

paulette goddard



PAULETTE GODDARD ....1936......TIEMPOS MODERNOS

Pauline Marion Goddard Levy conocida como Paulette Goddard
En una fiesta conoce al còmico chaplin conviertiendose desde entonces en su habitual acompañante.
En 1936 rueda junto a Charlie Chaplin Tiempos modernos (Modern Times, 1936), en la que seria la última película en la que aparece Charlot, como personaje. Tras el rodaje de la película se casarían en una ceremonia secreta. Cuatro años después volverían a rodar juntos un nuevo film, El gran dictador (The great dictator, 1940), película crítica contra el nazismo alemán, y por extensión contra todos los fascismos y dictaduras. Ese mismo año se rompería su segundo matrimonio.Ademas de sus matrimonios mantuvo romances con personalidades muy diversas como aristoteles onassis, john wayne, aldous huxley, gary cooper.

Tiempos modernos (1936)
El gran dictador (1940)
Al fin solos (1940)
El castillo maldito (1940)
Piratas del mar Caribe (1942)
Sangre en Filipinas (1943)
Memorias de una doncella (1946)
Los inconquistables (1947)


film cargado de inocencia y humanidad,CHARLIE CHAPLIN encarna su conocido personaje del vagabundo charlot despertando encontrados sentimientos en el espectador,la mencionada goddard, luce indefensa,desprovista de toda protecciòn y fortuna,inspiradora de los sentimientos màs puros y primitivos ,sus pies descalzos me recuerdan al poema de gabriela mistral,piececitos de niño,o al cuento de la vendedora de fòsforos de los hermanos christensens.

una belleza onirica,quizas sòlo de film, y màs aùn de fims ya casi en el olvido

bonjour tristesse




"A ese sentimiento desconocido cuyo tedio, cuya dulzura me obsesionan, dudo en darle el nombre, el hermoso y grave nombre de tristeza. Es un sentimiento tan total, tan egoísta, que casi me produce vergüenza, cuando la tristeza siempre me ha parecido honrosa. No la conocía, tan sólo el tedio, el pesar, más raramente el remordimiento. Hoy, algo me envuelve como una seda, inquietante y dulce, separándome de los demás."
(Párrafo primero de la novela Bonjour, tristesse, de Françoise Sagan)


El fallecimiento de la escritora Françoise Sagan (1935-2004), que tuvo lugar el pasado mes de septiembre, ha despertado la melancolía de todos aquellos que tuvimos la oportunidad de leer alguna de sus novelas durante la adolescencia. Sagan fue una rigurosa retratista de esa clase media francesa inmersa en la amoralidad, el hedonismo y el hastío. A los 69 años de edad, ha dejado tras de sí una obra literaria compuesta por una cuarentena de escritos, entre novelas, piezas teatrales, guiones cinematográficos e incluso letras de canciones.
Procedente de una familia de clase acomodada, Françoise Sagan se vio seducida por el modelo de vida que ella misma proponía a través de sus obras: un espíritu de culto al placer y a la ociosidad de los casinos y las fiestas galantes, cuyos excesos eran descritos por la autora con cierta ironía.
En el verano de 1954, apareció editada su primera novela Bonjour, tristesse, escrita el año anterior cuando Sagan tenía apenas 18 años. La publicación del libro se vio rodeada de una gran polémica a causa de la escabrosa temática que abordaba y de la juvenil edad de la escritora.
Semejante controversia despertó el interés del cineasta norteamericano —de origen vienés— Otto Preminger, especializado en películas de contenido controvertido. Preminger ha pasado a la Historia del Cine gracias a un film noir sublime, Laura (1944). Sin embargo, su producción cinematográfica se caracteriza por el sentido crítico con el que abordó la mayoría de los temas que resultaron candentes en la vida social y política estadounidense de los años 50 y 60. Films como El hombre del brazo de oro (1955), Anatomía de un asesinato (1959) y Tempestad sobre Washington (1962), que reflejaban, respectivamente, el mundo de la drogadicción, la corrupción del sistema judicial y las argucias de las altas esferas del gobierno. No es de extrañar, pues, que Preminger deseara llevar a cabo una versión fílmica de la ópera prima de aquella joven novelista francesa que había sido calificada de "adorable pequeño monstruo" por la opinión pública de su país.
Los protagonistas de esta historia son Raymond, un padre viudo y maduro que se entrega continuamente a conquistas amorosas, y Cécile, su hija adolescente de 17 años que empieza a vivir el despertar sexual. Ambos son seres frívolos y egoístas que se profesan un mutuo respeto y complicidad en su costumbre común de seducir a los demás. Como todos los años, van a pasar juntos el verano: esta vez a un chalet alquilado en la costa sur de Francia. Allí se entregan a la vida despreocupada y alegre hasta que, cierto día, se presenta como invitada Anne Larsen, una mujer seria, disciplinada y culta, amiga de la difunta esposa de Raymond. Desde su llegada, Cécile presiente una amenaza que le estropeará las vacaciones y su incipiente relación amorosa con Philippe. Los temores se hacen verdaderos cuando su padre le comunica su intención de casarse con Anne, quien, desde ese preciso instante, introducirá un adoctrinamiento muy severo en la disipada existencia de estos dos personajes. Como venganza por su intromisión en las relaciones entre padre e hija, Anne se ve sometida a las perversas maquinaciones de Cécile, que tiene el propósito de poner punto final a los planes de boda de Raymond y de restablecer el desorden moral propio de su habitual vida bohemia. La joven manipula a su padre para que reanude su romance con una de sus antiguas amantes. Desgraciadamente, su esfuerzo tiene trágicas consecuencias: en un arrebato de ira y humillación ante la laxitud moral de Raymond, Anne huye del chalet en su coche y sufre un accidente mortal en una curva de carretera. El desalentador resultado provocará remordimientos en Cécile, despertándole un sentimiento que jamás había experimentado: la tristeza. Será el precio que su conciencia tendrá que pagar por todos esos años de frenesí vitalista e irresponsable.
Pese a no figurar entre las grandes obras de Otto Preminger, Buenos días, tristeza (1957) fue el resultado de una brillante colaboración entre profesionales del cine. La elección de los formatos de Cinemascope y Technicolor a la hora de filmar este drama en exteriores de la costa francesa contribuyó decisivamente a reproducir el ambiente de ostentación y lujo que rodea a esa clase media ahogada en sus propios vicios. En ese sentido, el tratamiento de la luz y los colores que convinieron Preminger y el operador Georges Périnal resulta idóneo porque aporta riqueza visual a la película.
Sin embargo, el guión no está a la altura de las grandes adaptaciones literarias. El doloroso contraste entre el placer y el remordimiento se ve menos intensificado en el film que en la novela. Los diálogos de Arthur Laurents son algo insípidos en ocasiones y no consiguen transmitir la contundencia de algunos pasajes vitales para entender la contradicción interior de Cécile. Tal es el caso del fragmento de la novela en que se explica cómo, con su extraño accidente, Anne ha dejado abierta la hipótesis del suicidio:
"Entonces pensé que, con su muerte, Anne se manifestaba —una vez más— distinta de nosotros. Si mi padre y yo nos hubiéramos suicidado —suponiendo que hubiéramos tenido valor para ello—, nos habríamos disparado un tiro en la cabeza, dejando una nota aclaratoria con el fin de que los responsables no volviesen a pegar ojo en la vida. Pero Anne nos había hecho el suntuoso regalo de dejarnos una enorme posibilidad de creer en el accidente: un lugar peligroso, la inestabilidad del coche… Un regalo que, por debilidad, no tardaríamos en aceptar. Y además, si hablo ahora de suicidio, no deja de ser fantasioso por mi parte. ¿Puede alguien suicidarse por seres como mi padre o como yo, seres que no necesitan a nadie, ni vivo ni muerto? Mi padre y yo, por lo demás, siempre hablamos de ello como un accidente."
Por otra parte, la traducción en imágenes del proceso de despertar sexual y primeras experiencias de Cécile sí que tiene una lograda expresión fílmica, pero se debe más bien al modo en que Preminger supo dirigir magistralmente a Jean Seberg en la pantalla. Seberg aparece potentemente sexuada en determinadas secuencias que transmiten una sensualidad equiparable a la que Sagan logra en la novela con sus descripciones.
El acierto en la elección de casting de Jean Seberg recibió una acogida tan unánime por parte de la crítica francesa —en la que, por aquel entonces, militaban figuras tan señeras como François Truffaut o Jean-Luc Godard— que, al poco tiempo, la actriz se convirtió en la protagonista de la emblemática Al final de la escapada (1958).
El film adapta la narración en primera persona de la novela como un largo flashback con voz en off, que divide en dos momentos la estructura cronológica: un pasado filmado en color, donde Cécile narra la experiencia de aquel verano, y un presente filmado en blanco y negro, donde es víctima de los remordimientos. Esta situación da paso al monólogo interior de la protagonista, que se lamenta del recuerdo insuperable de la muerte de Anne reflexionando en torno a la vida disoluta que ha llevado siempre y que ahora es incapaz de saborear.
Su mayor vínculo con ese pasado es su propio padre, con quien vive atrapada en una situación en la que se obvian completamente las secuelas que la muerte de Anne haya podido ocasionar en su relación y se elude el sentido de la responsabilidad de ambos frente a esa pérdida. El desamparo de Raymond se hace tan patente como el de su hija cuando ésta le dice que quizás no le acompañe el año próximo en sus vacaciones. Esa es la dura reflexión final sobre la culpabilidad de la acción irreflexiva que nos brinda Preminger con su habitual elegancia escénica.
Aunque, en apariencia, Buenos días, tristeza pueda resultar un drama intrascendente, estamos, en realidad, ante un revelador estudio sobre la vida disipada de una clase social y sus consecuencias éticas y, al mismo tiempo, también ante una reflexión —quizás poco profunda, pero no irrelevante— sobre el conflicto entre la búsqueda del placer y los remordimientos que, de ella, pueden desprenderse por la vía de una conducta moral irresponsable. De todas maneras, el éxito mayor de esta obra literaria (y de su correspondiente versión cinematográfica) radicó, sobre todo, en la identificación que el público adolescente, en plena pubertad, podía sentir frente al despertar sexual de la protagonista, que, indudablemente, ha guardado siempre una estrecha relación con la adolescencia de esa escritora libertina y sensual que fue siempre Françoise Sagan.